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"Descubrir nuestro cuerpo y sus necesidades, comenzar a asumir el control de esta parte de nuestras vidas, nos dio una energía que se transmitió a nuestro trabajo, nuestras amistades, a nuestras relaciones con los hombres y mujeres, y para algunas también a nuestras relaciones de pareja y como madres. "
En mi labor como educadora prenatal y postnatal me ha tocado descubrir cómo hoy, año 2002, todavía muchas mujeres ignoran mucho acerca de su cuerpo y sus funciones, la anatomía, el embarazo, la relación de los estados anímicos con el ciclo menstrual, y en especial la potente energía de la sexualidad femenina.
El aspecto de la sexualidad es mucho más difícil. Si nos atrevemos a tocarlo con el médico, no siempre sentiremos que el panorama se aclara...
Y además, la mayoría de las veces el ginecólogo no tiene el tiempo para explicar y si lo hace, su lenguaje técnico no es accesible a todas, lejos de aclarar, aumenta la brecha que relaciona nuestro cuerpo con nosotras mismas. Pero entre amigas, en el contexto de una conversación de café, quizá abordamos con más sencillez y en un tono de broma, la sexualidad logrando a veces una apertura totalmente enriquecedora y sanadora.
¿Qué es la sexualidad? ¿Cómo la hemos vivido? ¿Qué mensajes verbales y no verbales recibimos en la infancia, en el colegio, de nuestros padres, de nuestras parejas, de los medios de comunicación?
Queriendo hablar de sexo entre nosotras, frecuentemente no encontramos las palabras adecuadas. Los términos clínicos más apropiados, vagina, pene, coito, suenan fríos y distantes; eufemismos como hacer el amor son imprecisos. Así, usamos palabras diferentes según nos dirigimos a nuestra pareja, a los niños, al médico, a los amigos. Nos sentimos torpes, lo que demuestra, que si el sexo es un instrumento de expresión "natural", no nos resulta tan espontáneo ni tan natural hablar del tema.
Es difícil, para muchas mujeres, hablar abiertamente de la sexualidad. Sin embargo, indagando juntas acerca de nuestras experiencias, fantasías, interrogantes y sensaciones eróticas, descubriremos que gradualmente hablar de sexo es más fácil. La comunicación nos hará descubrir que somos muchas las que compartimos las mismas preocupaciones. Nuestra intención es la de reunirnos en grupos en los cuales nos podemos sentir más confiadas en recibir información sana y seria, un espacio en el que no vamos a ser enjuiciadas cuando planteemos y expresemos como es nuestra sexualidad o como la vivimos.
La sexualidad humana va mucho más allá que el coito y nuestra sexualidad pertenece antes que nada a nosotras mismas: es placer que queremos dar y recibir, es una poderosa expresión física del vínculo que nos une a otros seres humanos; es una forma de comunicación a veces alegre y despreocupada, otras muy seria y apasionada. Estamos convencidas que aceptándonos y ayudándonos podremos aprender a expresar lo que sentimos y así reforzar nuestra identidad, enriqueciendo nuestro placer y favoreciendo la creatividad y la renovación de la intimidad con los demás.
Las sensaciones y las respuestas sexuales son una expresión central de nuestro ser emocional, espiritual y físico que implican todo nuestro cuerpo. Y es adecuado que aprendamos a dejarnos ir por esas sensaciones abandonando nuestros juicios críticos y el control, aceptándolas y acogiéndolas; son sensaciones y emociones que tienen un ritmo y un fluir propio, que van y vienen sin dejarse forzar, que son y ya.
Las sensaciones sexuales están incluidas en el contexto de nuestra sociedad y despiertan en nosotras complejas reacciones. El sexo, para muchas de nosotras, se identificó con un especial afecto protector: con el amor de nuestros padres, con la atención y la ternura que necesitábamos como niñas pero que a lo mejor jamás recibimos.
Al nacer, nosotras amamos nuestro cuerpo. El sentido de nuestra sexualidad ha sido plasmado por muchas experiencias y memorias infantiles. No se hablaba de sexo abiertamente, en la mayoría de las familias el nombre de nuestros genitales se nos enseñaba como un eufemismo. De la incomodidad, de los "NO" que nos llegaban cuando tocábamos nuestros genitales, dedujimos que el sexo era sucio y que "ciertas partes" del cuerpo eran vergonzosas, capaces de hacernos daño.
Con los años, las diferencias entre hembras y varones se convierten en discriminaciones y nos las repiten de tantas maneras, que terminamos creyéndolas. Nosotras somos emotivas, ellos racionales; nosotras delicadas, ellos torpes; nosotras amamos la casa, ellos son deportivos. Nosotras hacemos bebés y amigas, ellos ideas y objetos; nosotras seremos la esposa de..., la mamá de...; ellos abogados, comerciantes.
En la adolescencia, nuestros cuerpos en desarrollo son un misterio. Descubrimos que el patrón de belleza es uno sólo: un patrón comercial, holliwoodiense. La televisión nos vende sus productos porque nosotras nos atormentamos por nuestro pecho, el cabello, las piernas, nuestras formas que nunca jamás estarán a la altura. Perdemos el respeto hacia nuestra unicidad, por nuestro olor, nuestras formas corporales, nuestra manera de ser. Nos confrontamos con las demás para reasegurarnos de estar, a pesar de todo, buenas. Nos medimos con el metro de las demás y por las imágenes de los medios: comparación que nos conduce a la eterna competitividad, separándonos las unas a las otras.
En el libro "La prostituta sagrada" su autora Nancy Qualls-Corbett plantea cuan disonante nos puede resultar la unión de lo profano y lo sagrado, es decir la integración de nuestra condición como mujeres de ser santas, puras (Virgen María) y prostitutas (María Magdalena) al mismo tiempo. Ella plantea que la sexualidad original de la mujer era considerada sagrada:
" En los antiguos matriarcados la naturaleza y la fertilidad constituían el corazón de la existencia. La gente vivía muy cerca de la naturaleza, por consiguiente sus Dioses y sus Diosas eran divinidades naturales. Ellas guiaban el destino al proveerles o negarles la abundancia de la Tierra. La pasión erótica era inherente a la naturaleza humana. El deseo y la respuesta sexual se experimentaban como un regalo o una bendición de la divinidad. La naturaleza sexual del hombre y de la mujer eran inseparables de su actitud religiosa. En sus plegarias de agradecimiento o en sus súplicas ofrecían el acto sexual a la Diosa del amor y de la pasión. Se trataba de una acción honorable, pía, que complacía tanto a los Dioses como a los mortales. La práctica de la prostitución sagrada envuelta en el interior de este sistema religioso matriarcal hacía que no existiera separación entre la sexualidad y la espiritualidad.
La prostituta sagrada a quien hemos contemplado en nuestra imaginación fue una realidad en los tiempos antiguos. Las tablillas de barro con inscripciones, las reliquias desenterradas y los templos excavados nos hablan de ceremonias religiosas donde se celebraba el gran poder de la Diosa del amor y la fertilidad. ¿Qué ha pasado con nuestra comprensión de las Diosas de la feminidad divina en la actualidad? ¿Porqué la sexualidad de la mujer está tan explotada, tan degradada, cuando en otro tiempo había sido objeto de veneración? ¿Cómo los hombres pueden llegar a conocer y valorar el profundo significado de la feminidad? y, ¿Porqué la sexualidad aparece tan desconectada de la espiritualidad como si fueran opuestas?"
Como madres, tanto de varón como hembra, nos preocupa profundamente cómo enseñarles a los hombres y mujeres del futuro a vivir una sexualidad sana, pura y libre de todas las connotaciones sociales y familiares negativas que heredamos, ¿Cómo enseñarlos a valorar justamente ese templo sagrado que es el cuerpo humano?
Es por todas estas razones e interrogantes que proponemos este espacio HABLEMOS DE SEXO, con la firme intención de hacer una labor educativa, de revisión sincera, de reflexión de una forma amena, placentera en la que cada mujer tenga la seguridad de sentirse acompañada y escuchada.
ISABELLA POLITO DE LARES
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