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Tomar fotografías Beltran Lares
Tomar fotografías es para mí un acto de expresión personal, individual. Es juego y deporte, es compromiso y pasión, es una forma de hablar, de pensar, de guardar silencio o gritar. Es ejercicio profesional y compromiso social. Es trivialidad y es cultura. Tiene su técnica y tiene su maña. Y sobre todo está impregnado del sujeto y del objeto, de la sombra y de la luz, lo físico y lo emocional… |
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No me di cuenta sino a medida que sucedía, de ese cambio interno de la mirada y el pensamiento, no inocente pero joven e inexperto, que por la fotografía y por el adoctrinamiento científico esa aproximación al nacimiento grababa en piedra dentro de mí.
Ya José Sigala me había herido con su especial visión de la fotografía y del mundo sin necesariamente ser amigos de toda la vida. Sólo bastó escucharle en un curso corto de fotografía, en un contacto de varios encuentros y permitirme saciar mi sed con el manantial de arte y pasión que emanaba de él naturalmente. También con su fotografía, Henri Cartier-Bresson y Frank Cappa sin decirme nada y explicándome todo me revelaron algo que podría resumir en esta frase: la vida es un documental.
En un acto solitario decido tomar fotos los tres años del postgrado de obstetricia y ginecología en la Maternidad Concepción Palacios (1983-1986) como un trabajo más serio y comprometido conmigo mismo. Una exploración personal que ya se venía gestando y alimentando a medida que lo veía con mis ojos, través del visor de mi Pentax y en la impresión 8x10. |
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Recuerdo descubrir asombrado y alegre, el impacto de una realidad dolorosa, cruda y a veces trágica transformada en la belleza de los juegos de luz de la morgue o de la sala de partos, en la sonrisa extática de la recién parida o del hilo carmesí entre los muslos enlutados de la reciente pérdida reproductiva. Descubrir la reacción de mis colegas ante lo cotidiano de nuestra sala de partos al verla congelada en blanco y negro o a color.
Entrometido en la vida de otras y otros, en un momento de máxima intimidad, disimulando abiertamente, me acerqué a esos instantes perdidos e irreflexivos en los cuales la violencia cotidiana y la repetición permanente de sí misma, nos quiere hacer ver como “lo normal” lo ¿anormal? Sólo después entendí que la fuerza cultural de esta sociedad tecnocrática es la que estimula y apoya, con sus poderosos hilos visibles e invisibles, la manera de hacer las cosas, la actitud del que sirve y del que es servido, e inclusive nos hace pensar “como ella quiere” para sobrevivir y perpetuarse. Sin embargo, la tecnocracia misma nos permite descubrir e interpretar de forma diferente la visión de la realidad. Sus ritos de iniciación, en este caso con dos iniciados claves: las madres y los estudiantes de obstetricia, con sus rituales poderosos para inducirnos a una transformación cognitiva, nos da la opción de rebelarnos a internalizar los dogmas de esta sociedad. La vía de la fotografía “documental” es, en mi caso, la distracción necesaria para alejarme un poco y ver desde afuera (en esa época inconsciente de ello), como los rituales establecidos por el paradigma médico de la atención del nacimiento trabajan para mantener el sistema de creencias y el núcleo de valores de la sociedad tecnocrática, donde la mujer que pare no es la protagonista siendo convenientemente degradada por la supremacía de la ciencia sobre la naturaleza y de lo masculino sobre lo femenino. Y no sólo a ella la “trabajan” en esta transformación. Todos lo padecemos sin darnos cuenta, hasta ver en una imagen la coraza y su máscara: de estudiante a doctor, de aprendiz a experto, de mujer a madre…
Pero puedo reconocer también como exudan del centro de mí ser, como una velada forma de terapia individual, las sombras y los fantasmas de la lujuria, la rabia y la tristeza; el cinismo y la crueldad de disimular a través de la “estética” de la foto, el morbo de plasmar lo insólito y asqueroso, el asco de encontrar placer en la indiferencia ante el dolor, el maltrato, la malformación, la descomposición y la muerte, indiferente como Pilatos en la cómoda posición del que mira sin sentir ni hacer nada.
Claro que se hace evidente el panfleto político, válido para cualquier sistema donde se reproduzca, se apoye y se siga haciendo de uno de los actos más intensos y trascendentes de la mujer, el proceso mecánico, externo a ellas, despreocupado y desvinculado de una maternidad sin sentido. El proceso mecánico que no atiende las necesidades, los deseos ni los intereses de nadie: Madres, bebés, padres, personal sanitario, seres humanos… Esta paradoja se resuelve al reconocer al beneficiario único: la sociedad tecnocrática. Y lo político evidencia el pasado, presente y futuro de las fuerzas que se mueven para que aceptemos el modelo cultural hegemónico de la realidad. El premio a las iniciadas a veces se torna ridículo en este contexto al regalarle a la “madre del año” (en medio de la parafernalia mediática sensacionalista) pañales, teteros y leche artificial oponiéndose al paradigma ecológico del algodón y la lactancia materna. Entonces, un poco alejado de los potentes reflectores y las cámaras, las parturientas no escogidas, perdedoras obvias, sin mucho interés y sin que les presten atención, encuentran un respiro a su agitado trance y una anécdota que contar sobre esta falsa e ineficiente caridad. |
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Este trabajo fotográfico se facilita al colocarme poco a poco en una situación invisible y poderosa. Invisible al hacer habitual a mi cuerpo, como un apéndice propio de un Cyborg, una cámara sin flash, asa 400 forzada a 1600, una foto que se toma pero que no se ve; un sonido del disparador que hace tan común como pestañear. Poderosa la fuerza de la posición elevada en el pedestal que el uniforme, la postura, la expresión científica y de autoridad del que lleva los galones de galeno sobre todos los profanos que le rodean, incluyendo a los colegas de “menor rango”. Por otro lado, la paciente puede sentir el dolor abdominal más grande, pero seguro aguanta la respiración para la foto “científica” tanto como la vida le permita, antes de desfallecer. Y es capaz de insistir luego en que le tomen otra “por si acaso salió mal”. En este caso, el de la sala de partos y su entorno de maternidad, la mujer abrumada por la intensidad del tiempo vivido en esa “zona de guerra”, se desvincula del entorno con su percepción naturalmente alterada del tiempo y del espacio y la foto se torna documental, aparentemente. Lo que mi ojo de fotógrafo amateur ve, no es sólo la escena adecuada para disparar, son los fantasmas, mis fantasmas y sombras que una vez más usan mi dedo, aprietan el botón y la cortina se corre. |
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