Desde el momento en que el capullo de seda se deteriora irreversiblemente, ya sea como consecuencia de un suicidio, de homicidio, infarto o enfermedades crónicas, (no importa la forma), va a liberar a la mariposa, es decir, a vuestra alma.
En esta segunda etapa , cuando vuestra mariposa ha abandonado su cuerpo, estaréis provistos de energía psíquica, así como en la primera lo estuvisteis de energía física. En esta última vosotros tenéis necesidad de un cerebro que funcione, es decir, de una conciencia despierta para poder comunicar con los demás. Desde el instante en que la conciencia comienza a no estar alerta, cuando el capullo de seda esté deteriorado al extremo que ya no podéis respirar y que vuestras pulsaciones cardíacas u ondas cerebrales no admitan más mediciones, la mariposa se encontrará fuera del capullo que la contenía. Esto no significa que ya se esté muerto, sino que el capullo de seda ha dejado de cumplir sus funciones. La energía física y la psíquica son las dos únicas energías que al hombre le es posible manipular. El mayor regalo que Dios haya hecho a los hombres es el del libre albedrío.
Desde el momento en que sois una mariposa liberada, es decir, advertiréis enseguida que estáis dotados de capacidad para ver todo lo que ocurre en el lugar de la muerte, en la habitación del enfermo, en el lugar del accidente o allí donde hayáis dejado vuestro cuerpo. Estos acontecimientos no se perciben ya con la conciencia mortal, sino con una nueva percepción.
Todo se graba en el momento en que no se registra ya tensión arterial, ni pulso, ni respiración; algunas veces en ausencia de ondas cerebrales. Debemos aceptar con humildad que haya millones de cosas que no entendemos todavía, pero esto no quiere decir que sólo por el hecho de no comprenderlas no existan o no sean realidades.
Mucha gente abandona su cuerpo en el transcurso de una intervención quirúrgica y observa, efectivamente, dicha intervención. Todos los médicos y enfermeras deben tener conciencia de este hecho. Eso quiere decir que en la proximidad de una persona inconciente no se debe hablar más que de cosas que esta persona pueda escuchar, sea cual fuere su estado. Es triste lo que a veces se dice en presencia de enfermos inconcientes, cuando éstos pueden oírlo todo. La gente que ha muerto antes que vosotros y a la que amasteis os espera siempre. Y puesto que el tiempo no existe, puede ocurrir que alguien que a los veinte años perdió a su hijo, al morir a los noventa y nueve puede volver a encontrarlo, aún como un niño, puesto que, para los del otro lado un minuto puede tener una duración equiparable a cien años de nuestro tiempo.
Está probado que cada ser viene acompañado por seres espirituales desde su nacimiento hasta su muerte. Cada hombre tiene sus guías, lo creáis o no, y el que seáis judío, católico o no tengáis religión no importa. Pues este amor es incondicional y es por eso que cada hombre recibe el regalo de un guía.
En general sois esperados por la persona que más amáis. Siempre la encontraréis en primer lugar. En el caso de niños pequeños cuyos abuelos, y padres aún viven, es su ángel de la guarda personal quien generalmente los acoge; o bien son recibidos por Jesús u otro personaje religioso.
Se han abandonado las formas físicas terrenales porque ya no se las necesita, y antes de dejar nuestro cuerpo para tomar la forma que se tendrá en la eternidad, se pasa por una fase de transición totalmente marcada por factores culturales terrestres. Puede tratarse de un pasaje, de un túnel o de un pórtico o de la travesía de un puente.
Después, cuando habéis realizado este pasaje, una luz brilla al final . Y esa luz es más blanca, es de una claridad absoluta, y a medida que os aproximáis a esta luz, os sentís llenos del amor más grande, indescriptible e incondicional que os podáis imaginar.
Este contacto entre el capullo de seda y la mariposa podría compararse al cordón umbilical (cordón de plata) que se rompe. Y en esta presencia, que muchos llaman Cristo o Dios, Amor o Luz, os dais cuenta de que toda vuestra vida aquí abajo no es más que una escuela en la que debéis aprender ciertas cosas y pasar ciertos exámenes. Cuando habéis terminado el programa y lo habéis aprobado, entonces podréis entrar.
Debéis mirar toda vuestra vida terrestre, desde el primero al último día de la muerte. Conocéis exactamente cada pensamiento que tuvisteis en cada momento de vuestra vida, conocéis cada acto que hicisteis y cada palabra que pronunciasteis.
Interpretareis todas las consecuencias que han resultado de cada uno de vuestros pensamientos, de cada una de vuestras palabras y de cada uno de vuestros actos.
Después de esta revisión de vuestra vida no será a El a quien vosotros haréis responsable de vuestro destino. Os daréis cuenta de que erais vosotros mismos vuestros peores enemigos, puesto que ahora debéis de reprocharos el haber dejado pasar tantas ocasiones para crecer. Crecer en comprensión, en amor, en todo aquello que aún debemos aprender. Morir no debe significar nunca padecer el dolor.
La muerte no existe
Esta vida terrestre, que vivís en vuestro cuerpo físico, sólo representa una pequeña parte de vuestra existencia global. Vivir bien quiere decir aprender a amar. En mi opinión, el sentido del sufrimiento es este: todo sufrimiento genera crecimiento. Si pudiéramos comprender que nada de lo que ocurre es negativo, y subrayo: ¡absolutamente nada! Todos los sufrimientos y pruebas, incluso las pérdidas más importantes, así como todos los acontecimientos ante los que decimos:”Si lo hubiese sabido antes, no lo habría podido soportar” son siempre regalos. Ser infeliz y sufrir es como forjar el hierro candente, es la ocasión que nos es dada para crecer y la única razón de nuestra existencia.
No se puede crecer psíquicamente estando sentado en un jardín donde os sirven una suculenta cena en una bandeja de plata, sino que se crece cuando se está enfermo, o cuando hay que hacer frente a una pérdida dolorosa. Nada de lo que nos ocurre es debido a la casualidad.
Nadie debería vivir en función de lo que los otros han dicho que hay que hacer.
Si se escucha la voz interior y el propio saber interno, que con relación a uno mismo es el más importante, entonces uno no se engañará y sabrá lo que debe hacer con su vida. En este contexto el factor tiempo no tiene ninguna importancia.
Actualmente, en 1977 ya disponemos de centenares de testimonios parecidos, redactados en California, en Australia o en otros lugares. Todos tienen un denominador común, y es que las personas en cuestión abandonaron su cuerpo físico con toda conciencia. Esta muerte, de la que los científicos quieren convencernos, no existe en realidad.
La muerte no es más que el abandono del cuerpo físico, de la misma manera que la mariposa deja su capullo de seda. La muerte es el paso a un nuevo estado de conciencia en el que se continúa experimentando, viendo, oyendo, comprendiendo, riendo, y en el que se tiene la posibilidad de continuar creciendo. La única cosa que perdemos en esta transformación es nuestro cuerpo físico, pues ya no lo necesitamos. Siempre hay alguien para ayudarnos cuando nos transformamos.
Es importante que la humanidad lo sepa, pues nos encontramos en el umbral de un período muy difícil, no únicamente en América sino en todo el planeta Tierra.
La falta tiene que ver con nuestra sed de destrucción, incumbe a las armas atómicas, incumbe también a nuestra codicia, a nuestro materialismo y a nuestro comportamiento en materia de polución. Somos culpables de haber destruido muchos dones de la naturaleza y de haber perdido toda espiritualidad.
El único modo de aportar un cambio para el advenimiento del tiempo nuevo, consiste en que la tierra comience a temblar a fin de conmovernos y tomar conciencia.
Es necesario que lo sepáis, pero no que tengáis miedo. Sólo abriéndoos a la espiritualidad y perdiendo el miedo llegaréis a la comprensión y a revelaciones superiores. A esto podéis llegar todos. Aprended a tomar contacto con vuestro ser profundo y aprended a desembarazaros de cualquier miedo.
Dios no es alguien que castiga y condena. Después de haber dejado definitivamente vuestro cuerpo físico, llegaréis al lugar que se designa como cielo o infierno, lo que no tiene que ver con el Juicio Final. Lo que hemos aprendido de nuestros amigos que se fueron, lo que aprendimos de los que volvieron, es la certeza de que cada ser, después de su pasaje, debe mirar algo que recuerda a una pantalla de televisión, en la que se reflejan todos nuestros actos, palabras y pensamientos terrestres. Esto sucede después de haber experimentado un sentimiento de paz, equilibrio y plenitud, habiendo encontrado a una persona querida para ayudarnos a dar este paso. De esta manera, tenemos la posibilidad de juzgarnos a nosotros mismos en lugar de ser juzgados por un Dios severo. A través de vuestra vida aquí abajo vosotros creáis desde entonces vuestro infierno o vuestro cielo en el más allá.
La vida, la muerte, y la vida después de la muerte. (Muerte espiritual)
No hemos encontrado aún respuesta a la pregunta quizá más importante de todas: la definición, el significado y el propósito de la vida y de la muerte.
Anteriormente la gente tenía un contacto mucho más estrecho con todo lo referente a la muerte y creía en un cielo o en una vida después de la muerte. Solamente hace cien años que empezó este proceso en virtud del cual cada vez es menor el número de personas que sabe con certeza que después de abandonar el cuerpo físico nos espera otra vida.
Actualmente estamos ya en un nuevo tiempo de valores espirituales (en oposición a los valores materiales), aunque no hay que identificar la expresión de valores espirituales con religiosidad. Se trata más bien de una toma de conciencia, de la comprensión de que existe algo mucho más grande que nosotros que ha creado el universo y la vida, y que en esta creación representamos una parte importante y bien determinada que puede contribuir al desarrollo del todo.
En el momento del nacimiento cada uno de nosotros ha recibido la chispa divina que procede de la fuente divina. Esto quiere decir que llevamos una parte de este origen, y gracias a ello nos sabemos inmortales.
Mucha gente empieza a comprender que el cuerpo físico no es más que una casa, un templo, como nosotros solemos llamarle, el “capullo de seda” en el que vivimos durante un cierto tiempo hasta la transición que llamamos muerte.
Al empezar este trabajo no estaba interesada en la vida después de la muerte, incluso no tenía una idea precisa sobre la definición de la muerte, exceptuando, por supuesto, la definición desde el punto de vista médico, que evidentemente me era familiar.
Yo soy por naturaleza una persona semicreyente, algo escéptica, para decirlo prudentemente, y como tal no me interesaba la eventualidad de una vida después de la muerte, pero ciertas observaciones se repetían con tal frecuencia que me vi forzada a asomarme a la cuestión.
El hombre existe sobre el planeta Tierra desde hace 47 millones de años. Y en su forma actual, con su dimensión divina, desde hace siete millones de años. Cada día los hombres mueren por todas partes. Y nuestra sociedad, sin embargo, no ha realizado ningún esfuerzo para estudiar la muerte y llegar a una definición actualizada y universal de la muerte humana, mientras que ha triunfado enviando hombres a la Luna y logrando igualmente que regresaran sanos y salvos. ¿No resulta extraño?
En el período en que estaba entregada a mi trabajo con los moribundos y además daba clases, mis estudiantes y yo misma decidimos un buen día intentar buscar una definición actualizada y universal de la muerte. Después de la primera semana de habernos formulado esta pregunta y habernos comprometido a encontrar la respuesta, vinieron a vernos unas enfermeras para compartir una experiencia provocada por una mujer que estaba en cuidados intensivos por decimoquinta vez. En cada ocasión se esperaba su muerte, y cada vez conseguía salir del hospital para vivir durante semanas o meses. Podemos decir ahora que fue nuestro primer caso de una experiencia del umbral de la muerte.
Al mismo tiempo que esto ocurría, se acentuaban en mí la sensibilidad y observancia hacia los fenómenos inexplicables que se presentaban justo antes de la muerte. Eran numerosos los que comenzaban a “alucinar” y a repetir las palabras de los parientes que habían muerto antes que ellos y con los que parecían tener una especie de comunicación, aunque yo no podía ver ni entender a esos seres.
Podía observar también que inmediatamente después del fallecimiento, el rostro de mis enfermos expresaba paz, equilibrio y serenidad, y esto era tanto más incomprensible en los casos en los que el moribundo poco antes de morir se encontraba en un estado de cólera, de agitación o de depresión. Estando siempre próxima a mis enfermos, y comunicándome con ellos con un amor profundo, influyeron en mi vida al tiempo que yo influía en la de ellos, de una forma muy personal e incisiva.
Tenía la certeza increíble de que esos cuerpos no eran más que unas envolturas y de que mis queridos enfermos ya no estaban en la cama.
Lo más sencillo será resumir lo que estas personas viven en el momento en que su cuerpo físico deje de funcionar. Lo llamamos experiencia de muerte aparente o del umbral de la muerte puesto que todos estos enfermos, una vez restablecidos, la han podido compartir con nosotros.
Disponemos de experiencias del umbral de la muerte de hombres de orígenes culturales diferentes como por ejemplo, esquimales, aborígenes de Australia, hindúes o pertenecientes a distintas religiones como los budistas, protestantes, católicos, judíos y los que no pertenecen a ninguna religión, comprendidos los que se consideran agnósticos o ateos.
Después de haber reunido muchos casos durante muchos años, podemos decir que en todas estas experiencias hay ciertos hechos que se pueden retener como denominador común.
En el momento de la muerte vivimos la total separación de nuestro verdadero yo inmortal de su casa temporal, es decir, del cuerpo físico. Este yo inmortal es llamado también alma o entidad. Desde el momento en que dejamos nuestro cuerpo físico nos damos cuenta de que no sentimos ya ni pánico ni miedo ni ansiedad. Nos percibimos a nosotros mismos como una entidad física integral. Siempre tenemos conciencia del lugar de la muerte. Reconocemos muy claramente a las personas que forman parte de un equipo de reanimación o de un grupo que intenta sacar los restos de un cuerpo de un auto accidentado. Estamos capacitados para mirar todo esto a una distancia de metros sin que nuestro estado mental esté verdaderamente implicado. El cuerpo que ocupamos pasajeramente en ese momento, y que percibimos como tal, no es el cuerpo físico sino el cuerpo etérico. En este segundo cuerpo temporal y etérico nos percibimos como una entidad integral.
Además de la ausencia de dolor y la percepción de integridad corporal, en un cuerpo simulado perfecto que podemos llamar cuerpo etérico, los hombres toman conciencia de que nadie llega a morir solo.
Los niños y adultos nos hablan de la presencia de seres que les rodean, les guían y les ayudan en el momento de su salida del cuerpo. Los niños pequeños les llaman con frecuencia “ compañeros de viaje”. Las iglesias les han llamado “ángeles de la guarda”, mientras que la mayoría de los investigadores les llaman “guías espirituales”. No tiene ninguna importancia la designación que les demos, pero es importante saber que cada ser humano, desde el primer soplo hasta la transición que pone fin a su existencia terrestre, está rodeado de guías espirituales y de ángeles de la guarda que le esperan y le ayudan en el momento del paso al más allá. Somos siempre recibidos por aquellos que nos precedieron en la muerte y que en otro tiempo amamos. La tercera razón por la que no estamos solos en el momento de nuestra transición es porque después de abandonar nuestro cuerpo físico (lo que puede ocurrir antes de la muerte verdadera) nos encontramos en una existencia en la que no hay ni tiempo ni espacio y podemos desplazarnos instantáneamente donde queramos.
Como ya lo dije anteriormente, todos llevamos el sello divino. Recibimos ese don hace siete millones de años y, además del libre albedrío, también recibimos la capacidad de abandonar el cuerpo y no sólo en el momento de la muerte, sino también en momentos de crisis durante un agotamiento, en circunstancias extraordinarias, así como en diferentes fases del sueño.
Como psiquiatra, para mí era interesante imaginar que miles de hombres sobre la tierra tenían la misma alucinación en el momento de su muerte, es decir, la percepción de la presencia de parientes o amigos muertos antes que ellos. Hemos intentado pues encontrar los medios para verificar estas afirmaciones, y poder probarlas seguidamente como exactas o desenmascararlas sencillamente como proyecciones del deseo .
Poco antes de la muerte se manifiesta a menudo una apacible solemnidad, lo que representa siempre un signo importante.
Después de haber sido acogidos por nuestros padres y amigos en el más allá, por nuestros guías espirituales y ángeles de la guarda, pasamos por una transición simbólica que a menudo se describe como un túnel. Algunas veces se vive como un río, otras como un pórtico, siempre según los valores simbólicos respectivos. Luego nos acercamos a una fuente luminosa que muchos de nuestros enfermos han descrito, como maravillosa e inolvidable, lo que se llama la conciencia cósmica. En presencia de esta luz, que la mayoría de los iniciados de nuestra cultura occidental llaman Cristo, Dios, Amor o simplemente Luz, estamos envueltos en un amor total e incondicional de comprensión y de compasión. En presencia de esta luz no podemos tener sentimientos negativos, por mala que haya podido ser nuestra vida, y sean cuales fueren nuestros sentimientos de culpabilidad.
En esta luz que muchos llaman Cristo o Dios es también imposible ser condenado puesto que El es amor absoluto e incondicional. Es ahora cuando debemos revisar y evaluar cada pensamiento, cada palabra y cada acto de nuestra existencia y cuando comprendemos sus efectos sobre nuestro prójimo.
Importa mucho comprender que desde el principio de nuestra existencia hasta nuestro retorno a Dios conservamos siempre nuestra propia identidad y nuestra estructura de energía y que entre los millares de seres de todo el universo no hay dos estructuras de energías iguales. Si alguien dudara de la grandeza de nuestro Creador, no tiene más que reflexionar en el genio que hace falta ser para crear millones de estructuras energéticas sin una sola repetición. Así recibe cada ser humano el don de su singularidad.
Si tan sólo tuviéramos ojos para ver nos daríamos cuenta de que no estamos nunca solos, sino rodeados de seres que nos guían, que nos aman y nos protegen. Intentan guiarnos y ayudarnos para que permanezcamos en el buen camino con el fin de cumplir nuestro destino. Hay veces, en momentos de gran dolor, de gran sufrimiento o de gran soledad, en que nuestra percepción aumenta hasta el punto de poder reconocer su presencia.
Estoy convencida de que para tener experiencias místicas no es necesario vivir como un eremita en la montaña ni estar sentado a los pies de un gurú en la India. Cada ser tiene un cuadrante físico, emocional, intelectual y espiritual. Si pudiéramos aprender a liberarnos de los sentimientos desnaturalizados, de nuestra ira, de nuestros miedos o de nuestras lágrimas no vertidas, podríamos encontrar de nuevo la armonía con nuestro yo verdadero y ser tal como deberíamos ser. Este yo verdadero está compuesto de estos cuatro cuadrantes, que deberían equilibrarse y dar un todo armonioso.
No podemos alcanzar ese estado anterior más que con una condición: la de haber aprendido a aceptar nuestro propio cuerpo físico.
Debemos comprender que sólo existen dos miedos: el miedo a caerse y el miedo al ruido. Todos los otros miedos han sido impuestos poco a poco en nuestra infancia por los adultos, pues proyectaban sobre nosotros sus propios miedos y los transmitían así de generación en generación.
Sin embargo, lo más importante de todo es aprender a amar incondicionalmente. La mayoría de nosotros hemos sido educados como prostitutas. Siempre se repetía lo mismo:”Te quiero si…” y esta palabra “si…” ha destruido más vidas que cualquier otra cosa sobre el planeta Tierra. Esta palabra nos prostituye realmente, pues nos hace creer que con una buena conducta o con unas buenas notas en la escuela, podemos comprar amor. Ese estar en casa al que volveremos un día después de atravesar nuestras angustias, dolores y sufrimientos después de haber aprendido a desembarazarnos de todos los dolores y ser lo que el Creador ha querido que seamos: seres equilibrados entre los cuadrantes físico, emocional, intelectual y espiritual. Seres que han comprendido que el amor verdadero no es posesivo y no ponen condiciones con el “si…”.
La experiencia y el saber, la alegría, el amor y la sensación que siguen a la agonía son recompensas siempre superiores a los sufrimientos.
Elisabeth Kübler-Ross.
Resumen elaborado por Isabella Polito |